Autor: Gabii
Fecha de publicacion: Lunes 29 de septiembre del 2025
Durante las décadas de 1960 y 1970, Chetumal, capital del municipio de Othón P. Blanco, fue escenario de una actividad económica peculiar que formó parte de su identidad social y cultural: el contrabando.
Durante las décadas de 1960 y 1970, Chetumal, capital del municipio de Othón P. Blanco, fue escenario de una actividad económica peculiar que formó parte de su identidad social y cultural: el contrabando. Ubicada en la frontera con Belice, esta ciudad funcionó como un punto estratégico para el intercambio informal de mercancías que cruzaban de un país a otro, aprovechando la cercanía geográfica, la laxitud en los controles y las diferencias económicas y comerciales entre ambas naciones.
El contrabando en la frontera sur no solo respondió a necesidades locales, sino también a la oportunidad de obtener productos que escaseaban o resultaban más costosos en México. Esta práctica no era exclusiva de grupos organizados, sino que involucraba a sectores amplios de la población chetumaleña.
Entre los productos más comunes introducidos de forma ilegal desde Belice estaban electrodomésticos, telas, cigarros, licores, perfumes, radios, relojes y artículos de uso personal. Muchos de estos bienes provenían originalmente de Estados Unidos o del Caribe anglófono, lo que los hacía atractivos por su calidad y novedad frente a los productos disponibles en el mercado mexicano de la época.
Las rutas de contrabando eran diversas. Algunas cruzaban el río Hondo en pequeñas embarcaciones conocidas como “cayucos” o por pasos fluviales discretos que evitaban los retenes oficiales. Otras seguían caminos secundarios por la selva o por zonas de baja vigilancia. La cercanía de comunidades como Subteniente López facilitaba los traslados, y las redes familiares y vecinales ayudaban a distribuir la mercancía sin llamar la atención.
La presencia del contrabando se reflejaba en los comercios locales, donde era común encontrar productos importados sin documentación aduanal. En algunas casas se vendían artículos traídos de contrabando como parte del ingreso familiar, y muchos jóvenes de Chetumal participaron activamente como cargadores, mensajeros o enlaces.
Este contexto dio origen a un ambiente de tolerancia social hacia estas prácticas. La población local no las percibía necesariamente como delitos, sino como una forma legítima de mejorar las condiciones de vida ante la falta de oportunidades y la lejanía del centro del país. En muchos casos, las historias de contrabando pasaron a formar parte de la narrativa oral de la ciudad.
Durante esos años, las autoridades aduanales y militares realizaban operativos periódicos para intentar frenar el flujo de mercancías ilegales. Sin embargo, la extensión del territorio, la complicidad ocasional de funcionarios y la habilidad de los contrabandistas dificultaban el control total. En ciertos periodos, las acciones represivas aumentaron, provocando decomisos, arrestos y conflictos, pero sin eliminar por completo la práctica.
La legislación mexicana imponía restricciones al ingreso de productos extranjeros, especialmente en el contexto del modelo económico cerrado que prevalecía en ese tiempo. Esto incentivaba aún más la búsqueda de bienes importados por vías no oficiales, especialmente en ciudades fronterizas como Chetumal.
El contrabando en Chetumal durante los años 60 y 70 no solo tuvo implicaciones económicas, sino también culturales. Para muchos habitantes, esas décadas fueron un periodo de ingenio, supervivencia y adaptación. Las historias de cómo se burlaban los controles o de los personajes emblemáticos del contrabando aún se recuerdan en relatos familiares y anécdotas populares.
La influencia de esta etapa se puede observar incluso en el estilo arquitectónico de algunas viviendas que incorporaban espacios ocultos para almacenar mercancía, o en el uso coloquial de términos vinculados al comercio informal. Asimismo, marcó una época en que la frontera sur operaba bajo una lógica propia, distinta al resto del país.
Con el paso del tiempo, las condiciones en la frontera sur de México han cambiado. El fortalecimiento de las instituciones aduanales, la apertura comercial, la expansión de la oferta de productos en todo el país y el crecimiento urbano de Chetumal modificaron el panorama. Hoy en día, las actividades ilegales en la frontera son objeto de mayor vigilancia y regulación.
Sin embargo, el recuerdo de aquellas décadas sigue presente como parte del patrimonio cultural no oficial de la ciudad. Comprender este pasado ayuda a explicar dinámicas sociales y económicas que aún influyen en la identidad de Chetumal y en la relación histórica con Belice.
Para quienes visitan Chetumal con interés en su historia local, este episodio ofrece una perspectiva distinta sobre la vida fronteriza y la forma en que las comunidades se adaptan a su contexto geográfico. Los relatos del contrabando forman parte de un archivo oral que se complementa con otros elementos del patrimonio regional, como la arquitectura de madera, el mestizaje cultural y los vínculos transfronterizos.
Explorar la historia del contrabando en los años 60 y 70 permite conocer una faceta poco documentada pero significativa en la evolución de esta ciudad del sur de Quintana Roo.